Mircea Cărtărescu, el diario del escritor.

La primera vez que le leí comprendí que él entendía de una manera muy distinta el mundo. Aunque en su prosa se podía entrever un apocalipsis entre los sueños, la sugestión y una realidad destrozada, noté también, un impulso por la sencillez de algún hombre narrado. Me pregunté entonces: ¿A quién estará narrando?

Las respuestas llegaron distantes, porque en aquel objeto que llamamos libro, existía un infinito de posibilidades, podría ser él mismo, un amigo cercano, un bucarestino cualquiera, e incluso, nosotros mismos. 

Aquel libro era una preciosa edición con una sobrecubierta negra mate con un pequeño retrato de un joven militar o marinero puesto en un óvalo que funciona también como espejo. En la parte posterior se encontraba el nombre de aquel hombre, que de alguna manera cambiaría junto a otros pocos autores, mi forma de entender el mundo y la literatura: Mircea Cartarescu. Seguido, su grandiosa traductora Marian Ochoa de Eribe y finalizado con el aviso de un prólogo de la escritora colombiana Piedad Bonnett. En la esquina superior derecha se encontraba el sello editorial que es Impedimenta, y luego, un título bastante universal: Nostalgia.

El libro está compuesto por varios relatos, entre los cuales, los más representativos son El ruletista; Los gemelos; Nostalgia, y uno que a mí, particularmente me encantó: El arquitecto. El ruletista es su relato más famoso, e incluso es su debut en la narrativa el cual me recuerda mucho a Borges. Trata acerca de un hombre que juega a la ruleta rusa, y que además, contiene dentro de sí un impulso por el suicidio y por retar el azar y la suerte. El relato está compuesto por varios actos, en los cuales, cada uno representa una posibilidad menos de estar vivo añadiendo una bala cada día al tambor del revólver, por esto,  cada acto se vuelve más mediático, hasta el último día, en que llena por completo el tambor.

Los gemelos y Nostalgia, son relatos que están relacionados, creo yo, con la íntima infancia del escritor y todo el factor simbólico de una Bucarest en ruinas que es de alguna manera vívida por los juegos crueles de los niños, el correr entre ruinas, la niebla apremiante y el recurso de los sueños.

Por último, está El arquitecto, que de alguna manera intuyo, es un relato de una mayor madurez como escritor, en el que explora la carga onírica y surrealista con una prosa envolvente y extrañísima. La premisa es muy simple: un hombre muy metódico y corriente se obsesiona laberínticamente —lo cual también recuerda a Borges— con un automóvil de lujo que compró con muchos años de esfuerzo. Un día, se daña el claxon del coche, y cuando intenta arreglarlo, ensaya con diferentes sonidos y melodías, para luego convertirse en una obsesión musical. Ese hombre simple y que parece honesto, termina dentro de la melodía como una suerte de expansión cósmica, lo cual me recuerda a un relato del escritor uruguayo Mario Levrero llamado La calle de los mendigos, en el que, un hombre igualmente muy simple, se obsesiona con el funcionamiento de un encendedor y termina interno en él, viajando etéreamente entre los mecanismos con un intento inútil por arreglarlo. 

Así mismo me imaginaba a Cartarescu, como un hombre honesto y obsesionado por pequeñeces y por otras grandes cosas, como sus sueños. Ese jueves 17 de septiembre entendí realmente que sí es un hombre sencillo y, sobre todo, honesto. La conversación estuvo dirigida por el escritor colombiano Juan Diego Mejía que servía no sólo como entrevistador, sino también como alguien fascinado ante la figura que lo acompañaba. Las preguntas fueron pocas, pero muy relevantes para entender un poco qué pasaba entre las páginas en blanco y la labor de Cartarescu. 

Parafraseando, porque lastimosamente no tengo la entrevista transcrita, Juan Diego Mejía preguntó: ¿Qué tan importantes son tus sueños para construir tu narrativa?, esto en clave al contenido onírico de sus novelas y cuentos. A lo que Cartarescu respondió con pequeñas anécdotas e introdujo lo que más adelante ampliaría: su diario de escritor.

Para Cartarescu, su diario es lo más sagrado que tiene en su vida como escritor. Incluso menciona que no se considera a sí mismo un novelista, sino que se considera un poeta y un simple escritor de su diario. A partir de este diario es que han surgido ciertas obras que ha publicado como por ejemplo La Trilogía cegador, que es un conjunto de tres novelas que se cruzan entre sí.

Por esto, entendí de inmediato que, al único a quien Cartarescu había narrado, había sido a sí mismo. Por ejemplo, Solenoide, su novela más reconocida, con la que ha ganado varios premios en Europa, como el Dublin literary award 2024, es su novela más personal. La novela está protagonizada por un profesor que es, a su vez, un escritor frustrado que va recorriendo su infancia y su adolescencia en Bucarest, una ciudad gris, fría y alucinada.

¿Y qué es la narración entonces si no somos nosotros mismos tratando de crear una realidad a partir de aquella que ya ha sido creada para y por nosotros? Aunque parece una tesis bastante determinista, es una realidad sociológica, antropológica e histórica que nos persigue. Como diría Gabriel García Márquez, cuando en la entrevista con Mario Vargas Llosa en Lima en Dos soledades (1967), Llosa le pregunta ¿qué significa para ti eso que se está apenas nombrando como lo mágico y maravilloso dentro de tu obra? Eso mismo que, posteriormente, unos cuantos años más tarde, se nombró como realismo mágico. Para García Márquez, él solo estaba escribiendo la realidad latinoamericana, cargada de símbolos y hechos fantásticos, pero, se nombraba a sí mismo como un escritor realista, simplemente es una forma de ver el mundo y relacionarse con el mismo. Es también ver entre líneas qué nos puede decir todo aquello que no está a simple vista, es decir, tratar de mirar conscientemente esa realidad profunda de lo onírico, mágico y maravilloso, que no puede ser representada con justicia por ninguna otra cosa que no sea el arte.

Somos realmente todo lo que hemos leído y vivido. O como diría Borges: “Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído”, Así como Cartarescu se lee a sí mismo, este acto creativo se trata entonces, de llevar más allá el absurdo de la vida, que no es si no, la reproducción de unas cuantas cosas impuestas, vivencias en bucles, sueños y recuerdos que constantemente vuelven a nosotros. Quizá la literatura sea precisamente eso, una forma de tomar aquello que ya vivimos y transformarlo, darle otro sentido, volverlo extraño para poder verlo nuevamente. Por eso, cuando leemos, no estamos solamente entrando en la vida de otro. También estamos llevando nuestra propia vida a ese texto.


- Juan Esteban Loaiza, septiembre 2026


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