Las Olas - Virginia Woolf

 


Desde que impartí con grandes esperanzas en el mundo literario, Virginia Woolf siempre fue una de esas escritoras que estaba ahí, asomándose en cada conversación, detalle, reseña o referencia. Un día me pregunté por qué novela debería comenzar para al fin ponerme con esta escritora y sólo me encontraba con atisbos acerca de la complejidad característica de sus novelas y ensayos, por lo que en primera instancia desistí y me encomendé la tarea de buscar el momento perfecto que se confabularan mis ganas de leerla y la posibilidad palpable de abordarla y se quedó ahí durante varios años, en una especie de bucle en búsqueda de ese momento perfecto. Años después descubrí en las primeras páginas de un ensayo del profesor Nuccio Ordine, con título en español de Los hombres no son islas, una profunda reflexión acerca del carácter humanista de la novela que aquí les traigo: Las olas. Aquí, Nuccio Ordine, que también hace una especie de aviso a cerca de la complejidad que conlleva la novela, menciona que es un grandísimo ejemplo para retratar que no somos únicamente una isla, que compartimos mucho en común, que somos una porción de tierra que pertenece al mismo planeta que las otras como diría John Donne, o un inmenso océano como lo elaboró Virginia Woolf y que nadie es en sí mismo un todo, dependemos del otro, y como diría Séneca: “Nuestra sociedad es muy semejante al abovedado, que debiendo desplomarse si unas piedras no sostuvieran a otras, se aguanta por este apoyo mutuo”. Esta reflexión me indicó entonces que ese era el momento perfecto, y que tenía que lanzarme a este inmenso mar, en el que Woolf, ahora es una bella ola muerta.


“Las Olas” de Virginia Woolf fue publicada originalmente en 1931, diez años antes de su muerte, como un último suspiro creativo de humanismo. Virginia Woolf en esta edad madura como gran artista y creadora, nos reafirma que no estamos solos, que vivimos por y para el mundo. La novela es un íntimo cuestionamiento por el alma y los destinos de cada una, es decir, de cada ola. Woolf nos hace preguntarnos entonces, ¿por quién doblan las campanas? Como diría John Done, doblan por todos. En Las Olas cada uno es en sí una ola, un pensamiento furtivo y a su vez, un gran hálito que mira y se revitaliza del gran océano en que habita, lo que representa que “El individuo es a la humanidad lo que la ola es al océano” (Ordine, 2022). El ritmo de la novela es lento, profuso y muy filosófico. En este sentido, Woolf logra muy bien marcar este ritmo al tránsito natural de un día en una especie de isla paradisíaca, cuando en la mañana la humedad abunda en las orillas, los personajes son niños, se conocen, todo brilla con pulcritud, comienzan a realizar los primeros trazos que posteriormente se convertirían en su destino; en la tarde todo es espléndido, fuerte y expresionista, ahora son más sensibles, conocen el dolor y la muerte; y por último está la vejez, que asemeja la llegada de la noche, un gran descenso y es el crepúsculo de la novela que casi que carece de trama, son pocos los hechos, pero es en sí, un grandísimo mar de profundos pensamientos.

Esta novela es considerada como una de sus obras más complejas y experimentales. Con aguza precisión, Woolf retrata la expresión más íntima del ser humano al ritmo de las olas y las relaciones sociales que se entretejen, avanzan y retroceden. La historia comprende la vida desde la infancia hasta la vejez de seis personajes que se conocen en un colegio aparentemente de provincia: Rhoda, Bernard, Neville, Susan, Louis y Jinny, los cuales edifican una amistad cargada de amores, envidias y rencores; y que a pesar de los distintos caminos que toman al crecer, cada uno representa una Ola y una conexión distinta con la naturaleza del mundo, pero a su vez, pertenecen al mismo flujo y al mismo océano en que las grandes ausencias pesan por igual y representan una pérdida para todos. Woolf nos demuestra que mientras una ola nace y se expande, otra irremediablemente yace y queda perdida ante la inmensidad, pero todos en sí, pertenecemos a esa gran inmensidad, por lo que, citando nuevamente a John Donne, “Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”. (Donne, 1624): Sin lugar a dudas, un grandísimo descubrimiento.

- Juan Esteban Loaiza, 2025

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