La ciudad y los perros - Mario Vargas Llosa, una reseña

 

Hablar de La ciudad y los perros significa hablar de un territorio hostil. Mario Vargas Llosa, en esta novela compuesta por una sucesión de hechos violentos y reminiscencias del pasado, nos muestra cómo la opacidad de un lugar envuelve, asfixia y pervierte a las mentes aparentemente más inocentes.

Hace unos meses, cuando leí Pantaleón y las visitadoras —que claramente se puede considerar una novela inferior en ambición literaria, sin desmeritar que, en términos estilísticos, tiene un sello de humor muy particular, que se percibe de forma más ácida en La ciudad y los perros—, me di cuenta de que iba a comenzar a adentrarme en la obra de un gran escritor, por lo meticulosa que puede resultar la construcción de esta novela.

Aunque Pantaleón y las visitadoras no es equiparable con La ciudad y los perros, fue un divertido punto de partida. Son pocos los grandes escritores cuya narrativa entera puede llevar el sello de obra maestra; es decir, en casi todos los casos —salvo excepciones como Juan Rulfo o Kafka—, los pilares de la literatura universal están construidos entre obras maestras y obras menores. Comparar Pantaleón y las visitadoras con La ciudad y los perros implica un desbalance evidente, aunque quizás sea una suerte de intención de cada obra, sin necesidad de desmerecer una frente a la otra.


Cuando conocí la tragicómica vida de Pantaleón Pantoja, pude reconocer en Vargas Llosa una pluma exacta, cruda y claramente formada, es decir, la de un escritor ampliamente comprometido. Tal como menciona en el prólogo de La ciudad y los perros, Vargas Llosa, para poder inventar esta novela, tuvo que haber “creído en la tesis de Sartre sobre la literatura comprometida, devorando las novelas de Malraux y admirando sin límites a los novelistas norteamericanos de la generación perdida, a todos, pero, más que a todos a Faulkner” (Vargas Llosa, 1997). Además, trasladó una experiencia vital a esta novela, pues vivió de forma visceral varios de los hechos narrados. En ese mismo prólogo, menciona que debió “primero ser, de niño, algo de Alberto y del Jaguar, del serrano Cava y del Esclavo, cadete del colegio militar Leoncio Prado, miraflorino del Barrio Alegre y vecino de la Perla, en el Callao” (Vargas Llosa, 1997).

La ciudad y los perros, a grandes rasgos, es una novela de iniciación colectiva: varios personajes se desarrollan a partir de su estadía en el colegio militar, en busca de poder y respeto. Es allí donde aparecen los perfiles característicos de cada uno: por ejemplo, el Jaguar se gana el respeto compitiendo violentamente con estudiantes de grados superiores y conforma un pequeño grupo de resistencia llamado El Círculo, que luego protagoniza prácticas ilícitas dentro del colegio, como la venta de exámenes robados, cigarrillos y licor, junto con el serrano Cava y el Boa.

Por otro lado, algunos personajes se desarrollan desde una perspectiva más periférica, como el Poeta, quien podría leerse como un trasunto del propio Vargas Llosa. Él se gana el respeto escribiendo novelitas eróticas y cartas que canjea por cigarrillos. En contraposición, están los personajes que nunca alcanzan la cima y terminan siendo desechos de ese campo de batalla, como el Esclavo, que jamás logra ganarse el respeto de sus compañeros, aunque entabla una relación fraternal —bajo engaño— con el Poeta.

Esta novela es la viva representación que Mario Vargas Llosa ha sido uno de los mejores escritores de la narrativa hispanoamericana de finales de siglo, con personajes tridimensionales y bien construidos, explorando hasta cierto punto la experimentación formal que venía protagonizando William Faulkner durante gran parte del siglo XX, y que, Vargas Llosa, como muchos otros escritores, háblense del Boom Latinoamericano, o grandes narradores “sacados” de este fenómeno editorial, intentaron incursionar bajo una perspectiva distinta, que es la amplísima y variopinta cultura latinoamericana. Esta novela en este sentido es también como muchas de su época una muestra de la decadencia de las instituciones sociales y políticas, en que la corrupción de los cuerpos militares y policiales afectan e influyen de manera tajante en la vida de estos otros personajes de vida diezmada. La novela se vuelve densa en el sentido atmosférico, no sólo por medio de la representación literaria de un lugar frío, oscuro y violento, sino también por medio de las preocupaciones de cada uno de los personajes y la perspectiva sobre la hostilidad de su entorno.

Se podría decir que la novela se lee con rapidez gracias a un motor narrativo que tensiona como en un thriller psicológico. Comienza con una estructura casi policial, a partir de un hecho que irrumpe con la normativa del colegio y que conduce a la búsqueda de un culpable, un castigo y, posteriormente, una resolución inesperada. Hacia la segunda parte, un nuevo crimen da un vuelco con gran maestría, manteniendo ese mismo ritmo de violencia, soluciones cuestionables y culpables aparentes.

En este sentido, este “crimen” como primer motor para la novela que es el robo de un examen de química comandado por el Jaguar hace que emerja una marea expansiva de hechos, personajes y lugares en una estructura plural con multiplicidad de narradores con un estilo mordaz y en ocasiones crudo. Vargas Llosa construye a partir de este primer hecho una caracterización profunda de ciertos personajes como Alberto “El poeta”, El Jaguar y El Esclavo en un sentido pendular, pasando de un personaje a otro, creando la sensación de confusión y confluencia entre la vida de los distintos personajes. A partir de este preciso movimiento pendular que va de un lugar a otro, genera la percepción de que esta es una novela binaria que transcurre en dos grandes lugares como el propio título lo indica; en que la ciudad es el estado lumínico de la aparente gran expansión del mundo, y por otro lado, están los perros, que dentro de la novela es el apodo que reciben los cadetes recién ingresados al cuarto grado, que representan la represión y la perspectiva claustrofóbica de un mundo hostil, mínimo y reducido.


A partir de esta lectura, creo que valdrá la pena adentrarme en otras de sus grandes obras, como Conversación en La Catedral, La guerra del fin del mundo, La fiesta del Chivo y La casa verde, donde estoy seguro de que Vargas Llosa tendrá mucho más por ofrecer como escritor comprometido con la literatura. Recomiendo esta novela con creces, y sé que para muchos de ustedes que aún dudan en leerla, podrá ofrecer gratificantes sorpresas, como lo hizo conmigo.

Juan Esteban Loaiza, septiembre de 2025.

 

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