Relaciones Misericordiosas - László Krasznahorkai, una reseña
Relaciones
Misericordiosas (1986)
László Krasznahorkai
Editorial: Acantilado
Traducción: Adan Kovacsics
Hace muy poco comencé a leer a László Krasnahorkai, y desde hace dos meses que leí Tango Satánico, que por cierto ya está colgada su reseña en el Blog, me he dispuesto a pensar en las posibles influencias que tiene este autor. En cualquiera de sus reseñas colgadas en internet — séase en Blogs o en vídeos —, se suele escuchar que sus más grandes influencias son Franz Kafka y Thomas Bernhard. Aunque en el caso de Franz Kafka solo he leído La Metamorfosis (1912), y uno que otro cuento suelto como Investigaciones de un Perro (1922) que me encantó y de Thomas Bernhard aún no leo nada, he de reconocer, que le he hallado algún que otro nexo con otros escritores que trataré aquí y que es bastante interesante, además de que lo más notable en este escritor es aquel juego con el laberíntico retrato de la decadencia.
En Relaciones Misericordiosas, Krasznahorkai siendo aún muy joven, y
un año después de la primera publicación de Tango Satánico, publica este
conjunto de relatos en 1986. Aquí se hace notable, sobre todo en cuentos como El último barco, y Calor, el vínculo que tuvo Krasznahorkai con develar
los principales mecanismos de esta realidad social a la que él estuvo expuesto,
una realidad marcada principalmente por el desmoronamiento social, político y
económico de la Hungría de final del siglo XX con la caída del régimen
comunista hacia finales de la década de los 80’s. En estos dos relatos nos
encontramos con un mundo apocalíptico, con esos tintes que ya iba demostrando
desde Tango Satánico, del baile
estilístico con la decadencia de una región. Para la década de los años 80’s en
Hungría ya se preveía una caída política, económica y social con la
fragmentación del régimen comunista debido al debilitamiento de la Unión
Soviética y la ruptura del Bloque del Este, lo que concluyó en 1989 con las
revoluciones conocidas como Rendszerváltás
(“Cambio de sistema” o “Cambio de régimen”) en Hungría. Ambos relatos están
ambientados, en lo que se pensaría, el momento del tránsito al nuevo régimen
con ciudades fantasmales donde se dilata el tiempo, el espacio y la percepción
del sufrimiento. En El último barco, se
nos presenta una ciudad que se está dejando atrás que fue arrastrada por algo
que nunca se anuncia qué es, se puede interpretar como un diluvio o una guerra
que dejó únicamente:
“Lavabos baratos, y
oxidados y encallados en las orillas, neveras y estufas de gasoil destripadas y
retenidas por las piedras, árboles, neumáticos y sillas que discurrían
flotando, barriles de hojalata y juguetes de plástico, cadáveres de corzos,
perros y caballos…” (P.17)
También en el cuento llamado Calor, que está protagonizado por una pareja que, al parecer, se encuentran a la espera de una ayuda estatal, se ven obligados — como nómadas— a buscar refugio en lo que parece ser una ciudad abandonada a la miseria. Allí, cuando ya están instalados en un viejo edificio aparece un extraño vecino, pero como es característico en Krasznahorkai, éste, al igual que aquel Estado invisible, parece más una encarnación de la muerte. En este sentido, László no se dedica a hablar de la caída de un régimen, si no que se enfoca en mostrar las realidades frías, inhóspitas, decadentes y a la vez fantásticas de la Hungría de finales del siglo XX. En este punto, los relatos se convierten en variaciones de la misma estética, más que cuentos independientes.
Por otro lado, en relatos como Herman el guardabosques, Krasznahorkai
nos presenta a un envejecido cazador conocido en una región rural de Hungría, a
quien se le encarga devolver el supuesto “equilibrio natural” del bosque y
crear una nueva variedad de trampas que funcione contra los depredadores, ya
que estos felinos están, además de matando la fauna, impidiendo el paso de los
visitantes a un pueblo cercano. Sin embargo, Herman, compadeciéndose de una
bestia, formula una nueva misión: hacer partícipe también a la humanidad de la
profunda agonía de ser cazado. Este relato es más simple estilísticamente y
posee una mayor agilidad narrativa. Resulta interesante observar cómo la
decadencia moral de Herman, ante las bestias muertas y doloridas, define un
quiebre hacia lo fantástico y lo surrealista: aislado completamente en el
bosque —como si habitara un Walden—, escabulléndose como un felino, construye
toda una ingeniería destinada a cazar a los humanos, justo fuera de sus casas.
Aquí, la decadencia deja de ser exclusivamente social o política y se traslada
a un plano ético, donde la naturaleza ya no admite al hombre como parte de su
orden.
En En manos del barbero, la decadencia se repliega aún más y se
instala en la intimidad del individuo. El relato sigue a Simón, quien,
convencido de que Csonka —presunto dueño de un bar— posee una suma exorbitante
de dinero, decide asesinarlo para robárselo. Tras cometer el crimen, Simón
descubre que el dinero no se encuentra donde esperaba y emprende una huida
marcada por el miedo, la paranoia y la culpa. El relato culmina en una
barbería, donde es asesinado por el barbero, cerrando así un círculo de
violencia sin redención. Este cuento es, quizá, uno de los más oscuros y
sombríos del conjunto, y comienza a minar con fuerza el tema del absurdo. Aquí
pueden leerse ecos evidentes de Crimen y castigo de Dostoievski, especialmente
en la forma de abordar el crimen y la culpa, aunque en Krasznahorkai no hay
posibilidad de expiación: el castigo no responde a una lógica moral
trascendente, sino a una mecánica fría, casi automática, que refuerza la
sensación de un mundo sin sentido último.
Finalmente, La trampa de Rozi lleva
esta experiencia de la decadencia a un plano estructural y mental. El relato
presenta a tres hombres —A, B y C— que se persiguen mutuamente, cada uno
obsesionado con una cualidad del otro: A envidia la libertad errante de B; B,
la vida metódica de C; y C, ya jubilado, se obsesiona con una investigación en
torno a la muerte. Aquí, Krasznahorkai construye un verdadero laberinto
narrativo donde el espionaje, el deseo y la persecución se superponen en
historias dentro de otras historias. En este relato se hacen más visibles
influencias como Kafka y Borges, no solo por el absurdo, sino por la sensación
de vigilancia constante y la imposibilidad de escapar de una estructura cerrada.
La trampa de Rozi funciona como una síntesis del conjunto: no hay salida, no
hay elección auténtica, solo un desplazamiento perpetuo dentro de un sistema
que ya está condenado.
El volumen se cierra con un gesto
particularmente significativo: una revisita, desde otra perspectiva, del relato
de Herman el guardabosques. Al igual que en Tango Satánico, Krasznahorkai opta
por una conclusión circular, no como un simple recurso narrativo, sino como una
reafirmación de que el retorno no disipa la experiencia, sino que la
intensifica. No se trata aquí de despojar a la obra de la magia que implica
volver al mismo lugar, sino de comprender que ese regreso confirma la imposibilidad
de una salida definitiva.
Desde esta lógica, la lectura de Relaciones misericordiosas funciona también como una invitación a seguir adentrándose en la obra de un autor imprescindible. Próximamente espero compartir la reseña de Melancolía de la resistencia, cuando tenga la oportunidad de abordarla. Una vez más, Krasznahorkai arremete contra toda forma de delirio imperialista y de poder totalizante: lo único que permanece, desde esa refinada estética de la decadencia, son los desechos en los que no solo Hungría se convirtió, sino también aquellos que, aún hoy, continúan padeciendo sin una salida visible.
Como el propio Krasznahorkai expresó
en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, este mundo vuelve
a estar plagado de ángeles; pero no de ángeles benignos, sino de aquellos que,
sin fundamento alguno, siguen arrebatándonos la esperanza. Por ello, quizá
resulte más honesto —y necesario— denunciar que hablar de esperanza.
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