Crimen y Castigo - Fiódor Dostoyevski, una reseña

 

Crimen y Castigo (1866)
Fiódor Dostoyevski
Editorial: Penguin Clásicos
Traducción: Rafael Cansinos Assens



Existen autores canónicos que incontestablemente serán siempre una deuda literaria para aquellos que disfruten los clásicos, deuda únicamente saldable hasta que se aborden por completo. Incluso son tan demandantes, que una vez los empieces, no te cansarás hasta terminar de leer cada palabra que haya escrito, o por lo menos aquello que haya logrado sobrevivir al desgastante tiempo editorial. No todas las veces se corre con la suerte de conseguir, séase prestados o comprados, toda la obra de un mismo autor, pero por mi parte, en este caso, adquirí una gran deuda —por suerte con posibilidad de pago— con la cual ya me encontraba en mora y es con Fiódor Dosto­yevski, y tal vez por mi venturosa “desgracia” me veo ahora en la obligación de lector de seguir trepándome a aquellos crispados montes que son la obra del queridísimo —y con toda razónescritor ruso.

La capacidad de Dostoyevski de trabajar la realidad social del momento me ha hecho pensar en un término bastante recurrente hoy y que en su momento Mario Vargas Llosa logró posicionar dentro de los círculos de las revistas literarias y la crítica: y es el término de Novela Total. Una novela total es lo que para la literatura significa la representación de una expresión íntima, pero a su vez expansiva de las principales problemáticas que acarrea el ser humano y el intento de abarcarlas en su totalidad, es decir, una novela que ambiciona amasar los mayores espectros de una o múltiples realidades de la humanidad que son complejas. Normalmente, a los clásicos como Guerra y Paz; Los Miserables y El Conde de Montecristo, de los cuales, aún soy deudor en mora, se les encasilla dentro de esta pequeña expresión a la que incluso, podrían desbordarse siendo novelas que abarcan realidades múltiples de su tiempo, logrando incluso convertirse en útiles espejismos del ser humano contemporáneo. En esto, creo yo, radica su intimidad y su inmortalidad.

Crimen y Castigo, que es la novela que les traigo el día de hoy, podría considerarse en su más amplio concepto como una novela total hija de una realidad: la de los suburbios rusos de San Petersburgo del siglo XIX. Intenta retratar las diferentes clases sociales, el determinismo social y el sentimiento trágico de toda una sociedad. Como es sabido, Dostoyevski publica esta novela justamente 7 años después (1866) de haberse librado casi por milagro de la pena de muerte tras su exilio y encarcelamiento en Siberia entre 1849 y 1859 por supuesta conspiración política en contra del régimen Zarista junto al Círculo de Petrashevsky A dicho grupo se une con el ingenuo intento de, como menciona David McDuff, “hallar una solución al problema de la injusticia social”. De ahí que la novela explore con tanta profundidad los conceptos de culpabilidad, condena y justicia social.


Para la publicación de Crimen y Castigo, Dostoyevski ya es un escritor aclamado en algunos círculos de intelectuales rusos, sobre todo después de la publicación de sus primeras novelas como Pobres Gentes y El Doble. Dostoyevski, después de cumplir esta condena vuelve a la literatura con Humillados y Ofendidos (1961), donde le irá dando forma a lo que se considera la edad de oro en la que escribe sus grandes obras maestras: Crimen y Castigo (1866); El idiota (1869); Los Demonios (1872); y por último: Los Hermanos Karamazov (1880).

Dicho esto, esta novela trata de la realidad social rusa del siglo XIX, principalmente de esa gran ciudad gestante de San Petersburgo, que con minucia quirúrgica logra revelar los variopintos matices de toda una época, por lo que no es de extrañar encontrar personajes como funcionarios públicos exitosos y otros no tanto, hasta familias desgraciadas y desamparadas como la del protagonista. Sin detenernos en las numerosas tramas que la conforman —desplegadas gracias a la polifonía que fluye entre diálogos extensos y la profunda psicología de los personajes, algunos símbolos del poder, otros de la fe y otros de la irremediable pobreza—, podríamos centrarnos en la trama principal que es la vida del joven Raskólnikov, un ex estudiante que viaja a San Petersburgo en búsqueda de una vida digna y que posteriormente mata a hachazos a una vieja prestamista a la que él le deja empeñadas hasta sus últimas pertenencias por la precariedad en la que vive.

La novela ocurre entre seis actos o partes, en los que el Raskólnikov sobrevive como protagonista, pero Dostoyevski le da una percepción expansiva cuando va presentando un abanico de personajes excelentemente construidos y que están íntimamente relacionados con el protagonista o el caso que luego será investigado. En ese sentido, Crimen y castigo tiene una estructura aparentemente sencilla, de tipo policial, donde el foco está en el criminal, pero que nunca cae en lo mediocre ni en lo simple: al contrario, alcanza profundidades filosóficas desde una premisa aparentemente elemental. Cuando Raskólnikov incurre en el asesinato, lo ahoga un sentimiento de culpa y trata de justificar su acto según sus convicciones referentes a la definición de hombre que publica en una revista cuando era estudiante, en la que se afirma que existen aquellos hombres que logran armarse en una potestad visionaria o en virtud reveladora, para definir la destrucción de lo presente para construir algo mejor, estos hombres:

 “… Si necesitan, en el bien de su idea, saltar aunque sea por ecima de un cadáver, por encima de la sangre, entonces ellos, en su interior, en su conciencia, pueden, a juicio mío, concederse a sí propios la autorización para saltar por encima de la sangre” (p. 378).

En este sentido, Dostoyevski, desde la perspectiva de Raskólnikov nos habla a cerca de personajes como Napoleón, que, para conseguir todo aquello que logró, tuvo que matar, ver morir y pisotear, o como lo menciona en la anterior cita: “Saltar por encima de la sangre” de los demás. En este sentido, se gesta una de las que yo considero, una de las principales reflexiones de la novela: ¿Hasta qué punto el hombre puede adquirir el derecho de atentar contra la vida de alguien bajo la premisa de asegurar un bienestar individual y colectivo? Raskólnikov vive con la idea de que matar a la prestamista significaría una suerte de acto honroso e incluso heroico. En este punto Dostoyevski da luz acerca del hecho de que esa figura del hombre extraordinario —aquel que se cree facultado para decidir sobre la vida y la muerte— ha sido el mito fundacional de las grandes muestras del poder absoluto en el ser humano. Desde Julio César hasta Alejandro Magno, pasando por Napoleón Bonaparte o Simón Bolívar, todos ellos se erigieron sobre ese salto necesario por encima de la sangre. Raskólnikov intenta así insertarse en esa misma lógica: se pregunta si acaso también él podrá ser uno de esos hombres excepcionales que tienen derecho a derramar sangre, pero su caída demuestra que esa “grandeza”, arrojada por la irremediable culpa, le devora por dentro como individuo. Crimen y castigo desnuda así el mito del héroe transformador y nos recuerda que toda gesta, por grandiosa que parezca, está hecha con la misma materia del crimen.

Como lo menciona David McDuff, Dostoyevski era gran lector de los franceses del siglo XIX, sobre todo de Víctor Hugo, y claramente su obra cumbre: Los Miserables. Me gustaría detenerme en este momento para explicar por qué Dostoyevski trasciende para mí una realidad social y lo que más se le aclama que es la virtud “Psicológica”, que incluso lo posiciona como “El psicólogo más grande de su tiempo”. Aunque es admirable la construcción de los personajes y sus anexos con el gestante existencialismo, sobre todo, en Crimen y castigo, Dostoyevski logra estructurar muy bien una realidad histórica incómoda como también lo hizo su contemporáneo escritor francés Emile Zola, retratando las realidades sociales más duras de una época en que la industrialización comenzó a aplacar y a movilizar los campesinos a los incipientes centros urbanos, en el caso de Francia a París por supuesto y en el caso de la Rusia de Dostoyevski a San Petersburgo.

Por esto, Crimen y Castigo, más allá del realismo, también es una novela con tintes naturalistas que recuerdan nuevamente una reflexión profunda a cerca del determinismo social, el íntimo tratamiento del crimen y la culpa. No es de extrañar que Dostoyevski en algún momento haya tenido la oportunidad de leer a escritores como Balzac y su Comedia Humana, o a Víctor Hugo, que como se sabe, según declaran algunos personajes de la época que conocieron a Dostoyevski, de este, él era gran admirador. Por esto, encontrar similitudes en la forma y en la construcción de personajes con novelas como Germinal (1885) y El vientre de París (1876), no es descabellado cuando se trata del retrato de realidades similares y claramente denuncias sobre la injusticia social de toda una época.

A más de siglo y medio de su publicación, Crimen y castigo sigue siendo un retrato vivo de la tensión entre el individuo y el sistema que lo oprime. Dostoyevski logra lo que pocos escritores han conseguido: capturar el pulso de su tiempo y, al mismo tiempo, el del nuestro. En sus páginas late una Rusia desolada, pero también esta puede agonizar entre aquellas ideas  en un sentido histórico, y bajo un pálpito secreto se imprime ante cualquier ciudad hoy presente.

- Juan Esteban Loaiza, octubre de 2025.

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